CUANDO KARL MARX VENÍA A MI COCINA

La primera vez que Karl Marx vino a mi cocina fue en julio de 1957.

Yo tenía 20 años. Estaba estudiando medicina interna, cuarto año, Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

Todos los estudiantes de medicina saben que Medicina Interna es el verdadero cogollo de la carrera médica. Cuando uno pasa el examen de Medicina interna es prácticamente ya médico.

Estudiaba de noche, sin distracciones, en el living del nuevo departamento de la calle Corrientes, mientras mi marido Jorge Hammar dormía. Ese invierno fue muy frío y cada 3 horas hacía una pausa para tomarme un café caliente en la cocina. 

Mi canario Liu Chan dormía en su jaulita con el alita cubriendo su cabeza. Cuando yo prendía la luz de la cocina, a veces despertaba y me miraba con sus plumitas despeinadas en evidente actitud de fastidio

Me serví un café pensando “Qué diría Karl Marx de los sucesos en la China de Mao Tsé-tung y de sus ideas sobre la dialéctica”’. Cuando alce la vista, VUUM!!! ahí estaba Carlitos Marx, sentado en una silla de la cocina con su barba canosa y su leviton negro. Me sonreía afablemente.

Tuve una pequeña sorpresa, pero no me extrañó mucho, porque continuamente  lo evocaba durante los dos últimos años, tratando de obtener su opinión sobre los temas políticos del momento, especialmente aquellos que eran motivo de enconadas controversias en la izquierda. 

Dudé en qué idioma saludarlo; empecé por español y él me contestó “Buenas noches buena madrugada” con un suave acento alemán, parecido al de Otto el de la cervecería Edelweiss.

Le ofrecí café y aceptó. Lo endulzo con 4 o 5 cucharaditas de azúcar.

Mientras se bebía su café aproveché para preguntar a quemarropa “compañero Marx,  que piensa del conflicto entre Mao Tse Tung y la Rusia post-estalinista?

Me miró con cierto gesto confundido, “Mao what”, dijo volcándose al inglés, pensando seguramente que su súbita incomprensión  era un problema de idioma. 

Bruscamente me di cuenta que Marx no sabía nada de lo sucedido después de su muerte. No sabía nada de la revolución rusa, de Stalin, de la revolución China, de Mao Tse Tung.  Pensé, Ay Dios, cómo le explico todo esto… pero decidí que no había otro remedio y así empecé, primero con la primera revolución de 1905 fracasada en Rusia y después las revoluciones de febrero y octubre de 1917

 Marx me escuchaba muy atentamente y con gran curiosidad, con entusiasmo. Comprendí que para él, saber de la historia posterior a su deceso era realmente una aventura fascinante.